Se dice que las circunstancias que se dan a tu alrededor
construyen tu forma de ser. Puede ser verdad o puede no serlo, pero en mi caso
sí que han influido. Me refiero a la forma de vivir nuestras vacaciones. La
palabra vacaciones tiene muchas definiciones dependiendo de la experiencia de
cada persona. Para algunos, ‘’vacaciones’’ significa playa, piscina; para
otras, coger un avión y volar al otro lado del mundo, o alquilar un apartamento
en la costa… Para mí, ‘’vacaciones’’ resulta ser una palabra que me transmite
aventura, sorpresa… Preparar y equipar la furgoneta, que nos va a servir de
segunda residencia durante las dos semanas, y partir; sin reservas pero con un
destino, ¡lo cual me encanta!
Me apasiona vivir la experiencia de descubrir qué rincón nos
oculta la naturaleza en el ‘’inexplorado’’ país.
Ahora me viene a la memoria el viaje a la tierra de Heidi,
Suiza. Allí, estuvieses donde estuvieses, el panorama era impresionante: si te
le levantabas por la noche y mirabas por la ventana de la furgoneta, se veían
unas montañas nevadas (¡y en pleno mes de Julio!) y un cielo estrellado que te paralizaba.
Una noche, acampamos cerca de un río muy alborotado. Se
acercaba una tormenta. Pero nos instalamos rápidamente y, en pocos instantes,
empezó a llover. Dormimos plácidamente escuchando la música del río y de la
lluvia. Y a medianoche mi padre se despertó y se dio cuenta de que el caudal
del río había subido. El río enfurecido estaba punto de alcanzarnos. Al final
tuvimos que trasladarnos a otro prado sin peligro de inundaciones. En medio de
relámpagos y truenos las gotas impactaban con vigor contra el suelo.
También recuerdo el viaje a Córcega, la isla donde nació
Napoleón. Fuimos con unos amigos, y decidimos hacer una ruta de dos días y una
noche por las montañas. Reconozco que el camino fue duro, pero como éramos
muchos nos lo pasamos muy bien. El camino duró ocho horas y, cuando por fin logramos
la cima, avistaron el refugio.
-
¡Viva!
¡El refugio!-exclamaron los primeros en llegar.
-
¿Sí?
¡Por fin!-nos ilusionamos el resto
Pero cuando llegamos arriba, vimos todo el camino recorrido y
el que nos quedaba aún por delante. ¡Qué ilusiones nos habíamos hecho! El
refugio estaba tan lejos que ¡Sólo de veía con prismáticos!
Pero, el viaje que por el momento más me ha marcado ha sido
el de Irlanda. Nos embarcamos con la furgoneta en un ferry y, esta vez en mi
equipaje añadí mi violín.
Habíamos quedado con una familia cuyos hijos estudian música.
Allí, además de conocer el país, tocamos juntos canciones tradicionales cada
día en alguna parte de las ciudades más populares. Nos divertíamos, ganábamos
dinero y entreteníamos a la gente que paseaba por las calles. Se amontonaban,
aplaudían e incluso bailaban; hasta el punto que un día nos pusimos a tocar al
lado de un pub, y al cabo de media hora vino el propietario, un típico irlandés
pelirrojo de estatura media y un poco ancho de cuerpo y cara, que llevaba
pendientes y un sombrero de propaganda, y que muy satisfecho nos regaló un
refresco a cada uno. Nos dijo que ¡Le habíamos traído clientes!
El recuerdo de todas estas vivencias me deja un buen sabor de
boca. Además, a estas experiencias tengo que sumarles los documentales de viajes
que dan por la televisión. Me abren la puerta a una visión diferente del mundo.
Es fantástico descubrir desde el sofá de mi casa, gente de parajes remotos,
paisajes, culturas, costumbres, gastronomías y ver cómo los periodistas conviven con ellos compartiendo su tiempo y
encontrando nuevos verdaderos amigos. En realidad, me gustaría ocupar el lugar
del periodista en alguno de sus programas.
Ahora falta hacerlo real.

